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Ser y Tener

¿Eres lo que tienes?… ¿tienes lo que eres?

Me atrevería a decir que vivimos una sociedad en la que Ser y Tener están confundidos entre sí.

Se invierte, de hecho, mucho dinero en campañas publicitarias para que identifiques lo que eres con aquello que quieren venderte.

Primero lanzan el mensaje de que lo que eres no es suficiente. Y que para lograr ser suficientemente: guapa, exitoso, amada, poderosa, rico, deseado, etc., debes tener aquello que te venden. 

Lo que compres, va a complementar aquello (insuficiente) que eres. 

No aquello insuficiente que tienes, sino lo que eres.

Así el mensaje tiene más impacto.

Y este tipo de mensaje tiene semejante efecto en una sociedad y en las personas que se sienten insuficientes con lo que son (y no son pocas).

Porque en lo que apenas se invierte dinero es en fomentar que las personas nos conozcamos y nos aceptemos como somos. 

Sería la ruina para esta sociedad de consumo, que se alimenta de hacernos llenar con cosas los vacíos afectivos. 

Aparentemente que la gente se conozca, se quiera a sí misma y esté satisfecha sale menos rentable. 

Si no sabes quién eres vas a consumir para por lo menos identificarte con algo: con lo que tienes.

Si te sientes poca cosa vas a intentar “ser más” a través de tus pertenencias.

Para dar un imagen a otros y a ti mismo. Que en realidad nada tiene que ver con quién eres pero calma la angustia momentáneamente.

Lo cierto es que en general estamos acostumbrados a mirar más hacia afuera que hacia adentro. Y así es difícil conocerse y valorarse.

La cuestión es que la construcción de quien eres se hace de adentro a afuera y no al revés.

Y por eso vale la pena parar y echar una mirada dentro para descubrir y construir la identidad.

¿Quién soy yo?:

– ¿mis pertenencias?

– ¿mis logros académicos o laborales?

– ¿mi status social?

-¿la cuantía de mi nómina?

– ¿la marca de mi coche?

– ¿las expectativas de mis padres?

– ¿el valor de mi pareja?

Somos seres complejos y definir nuestra identidad no es tan sencillo. Aunque quizás sea más fácil definir lo que no somos. 

Y no somos lo que tenemos.

J. L. Moreno teorizó que la identidad estaba conformada por el conjunto de roles que una persona desempeñaba en su vida. 

No es la identidad la que crea los roles, sino que son los roles los que crean la identidad. Y a medida que los roles cambian, la identidad también lo hace. 

Por eso es interesante preguntarse con qué roles actuales uno está funcionando y si están ajustados al momento vital o no. Si no es así y algunos roles entorpecen más de lo que ayudan, conviene pararse y hacer cambios hacia otros que sean más funcionales.

Es decir, que aquello que somos puede estar en constante construcción y creación. Es algo dinámico, no estático. 

Y esa creación está en manos de cada uno.

Ser es algo creativo y tenemos la oportunidad de hacerlo cada día: podemos conocernos, saber cuál es nuestra forma de pensar y sentir, saber lo que nos hace daño y lo que nos agrada, entender cuando aprendí una determinada forma de comportarme, tomar conciencia de a qué forma de ser me gustaría acercarme, decidir cómo posicionarme ante un acontecimiento, etc.

Es cierto que nuestras vivencias anteriores determinan y condicionan nuestro presente y nuestro sentido de identidad, pero siempre hay un margen para decidir. 

Ante un determinado hecho hay muchas posibles formas de afrontamiento. Y podemos elegir cómo afrontar y cómo ser. 

Se ha relacionado la creatividad y la espontaneidad con la salud tanto emocional como física. 

Cuanto más desarrollada y activada tengamos la creatividad, mejor podremos adaptarnos a las diferentes situaciones. De la misma manera que cuantos más roles seamos capaces de crear y desempeñar, tendremos una mejor salud relacional y emocional.

Por tanto, ¡seamos creativos! ¡Permitámonos ser, crearnos y construirnos a nosotros mismos cada día!

Sin reducirnos a identificarnos con ser lo que tenemos. 

Porque somos mucho más. 

Y el límite de quién eres, 

sólo lo pones tú.

Lo que la gripe me ha enseñado: de la omnipotencia, a la impotencia y la aceptación.

He estado diez días con gripe, sin poder hacer mucho más que estar tumbada en la cama descansando para recuperarme. Afortunadamente no ha sido nada grave, pero lo suficientemente limitante como para no poder hacer “mis grandes planes de vida normal”.

No me gusta estar enferma, supongo que como a nadie. A parte de los inconvenientes que tiene para mi salud, también porque si no trabajo, no gano dinero.

Y mi cuenta corriente se enfada.  Y yo también.

Así que en este proceso de gripe me he descubierto a mí misma tratando de negociar con la vida y con mi virus sobre cuánto tiempo iba a estar enferma antes de poder retomar mi vida cotidiana.

Como si la vida o mi virus estuvieran dispuestos a negociar conmigo…

Al principio la gripe se presentó como un catarro que me permitía seguir haciendo mi rutina, pero unos días después me tumbó y me dijo: 

– Aquí te quedas quieta sin poder hacer nada.

Y empecé a intentar negociar:

– Bueno vale, estoy un par de días descansando y luego vuelvo a mi rutina…

Pero un par de días, se convirtieron en tres y en cuatro y en cinco…y así estuve diez días enferma.

No sin antes pelearme internamente con la situación: “¿cómo voy a estar toda la semana sin trabajar?”.

Pero no me quedó otro remedio, así que llamé a mis pacientes por teléfono para ir cancelando día a día las sesiones del día siguiente que no iba a poder atender. Su respuesta fue muy amable, todos me transmitieron más o menos este mensaje: “Cuídate mucho y recupérate, que eso es lo más importante”.

Acabé por aceptarlo, me dije a mí misma: “Ok, voy a estar una semana con gripe y la semana que viene vuelvo al trabajo, no pasa nada”.

Pero llegó el domingo (octavo día en la cama) y aún seguía muy débil, lo cual me indicaba que al día siguiente tampoco iba a poder trabajar.

Y me volví a enfadar. Y me preguntaba: “¿hasta cuándo voy a estar así? ¿Cuándo va a desaparecer este virus interminable?”

Cuanto más me resistía a aceptar la situación peor me sentía. Cuando aceptaba que estaba enferma y que me tocaba descansar desaparecía el malestar emocional.

Pero a veces me costaba pasar de la resistencia a la aceptación.

Observé cómo me enfadaba con la situación y conmigo misma por estar así. Como si yo tuviera la culpa.

Y en un momento de lucidez pensé: “Vamos a ver, yo no he elegido estar con gripe, me ha tocado y aquí estoy. Mi voluntad no puede hacer nada para cambiarlo. Yo no voy a elegir cuándo recuperarme, de eso se va a encargar mi sistema inmunológico, así que acéptalo de una vez y cuídate “.

Y entonces observé mi fantasía de querer controlar y decidir sobre algo que era incontrolable para mí.

Empecé a pensar en otras situaciones anteriores a lo largo de mi vida en las que ha pasado algo que yo no podía controlar o elegir y sin embargo he estado condicionada por ello… Y lo cierto es que efectivamente, eso me hacía sentir impotencia y no me gustaba.

Y la forma de protegerme de ello ha sido crear una fantasía de omnipotencia, de creer que en el fondo yo podía intervenir o hacer algo para cambiarlo.

Pero en realidad no era así. Porque la vida sucede al margen de nuestros deseos y nuestro control.

Y aunque parezca mentira, lo mejor que podemos hacer es aceptarlo.

La omnipotencia es un mecanismo de defensa que protege de la impotencia, pero a la vez genera otros tipos de malestar, como la frustración al comprobar que en realidad algo no depende de lo que tú hagas, o la culpa de no haberlo conseguido. Por eso hay que tener cuidado con no hacerse daño de esta forma.

Buda manifestó en alguna ocasión que lo que provocaba sufrimiento no era el dolor, sino la resistencia al dolor.

Es decir, que el dolor duele menos si se acepta tal y como viene. Si te resistes a él se convierte en sufrimiento. La resistencia no va a hacer que desaparezca, sino todo lo contrario.

Igual que con mi gripe. Era solo una gripe si la aceptaba… Si no era una gripe con un montón de enfado.

Así que a lo largo de este proceso gripal he transitado varios estados…la omnipotencia de creer que podría negociar con mi virus, la impotencia de ver que eso no era así y la aceptación de que iba a durar lo que fuera necesario…

Y entonces…recuperé mi salud y “mis grandes planes de vida normal”.

La soledad: Cuando sentirte solo habla de no saber estar contigo

La soledad es un sentimiento que todos experimentamos en algún momento de la vida, por diferentes motivos:

– A veces tiene que ver con no contar con la compañía adecuada o suficiente. 

– Otras veces tiene que ver con tener compañía, pero con una falta de encuentro y entendimiento con el otro que hace que no te sientas acompañado en realidad. 

¿Qué es el encuentro? J.L. Moreno, psiquiatra y creador del Psicodrama a principios del S. XX, definía “el encuentro” como la capacidad de ver la realidad con los ojos de la otra persona de forma mutua.

Para acompañar y sentirse acompañado es importante ver al otro como alguien diferente y aceptar las diferencias entre ambos. Por otro lado, conviene entender los sentimientos y necesidades de la otra persona más allá de los propios.

En ocasiones a algunas personas les cuesta ese “ponerse en el lugar del otro”. A veces creen que sí saben hacerlo, pero en realidad hacen una proyección de sí mismas sobre el otro. Es decir, se ven a sí mismas a través del otro. 

Y esto es más frecuente de lo que pueda parecer en las relaciones.

En psicoterapia esto se puede trabajar a través del entrenamiento en cambios de roles. Cambiar de rol ayuda a conectar con la emoción, con el sentir del otro, y esto es lo que produce la transformación, la conexión para comprender a la otra persona y elegir si se quiere cambiar algo en la relación. Si es así, se abre una nueva posibilidad de encuentro, y por tanto se aleja la soledad.

– Otra forma que toma el sentimiento de soledad es la dificultad para acompañarse a uno mismo de una forma apropiada, a pesar de estar en la compañía de otros.

Esta última forma puede llamar la atención: ¿qué es eso de acompañarse a uno mismo?, ¿eso se puede hacer?

A veces se busca en la relación con otras personas lo que nos cuesta ofrecernos a nosotros mismos: cariño, cuidado, compañía…

 Es interesante preguntarse cuánto de todo lo que busco en otras personas y relaciones en realidad es algo que necesito también de mi. Porque no es lo mismo buscar en el otro algo que necesito del otro, que buscar en el otro algo que en realidad necesito de mí.

A veces se necesita lo mismo de otros que de una, pero vale la pena diferenciarlo para hacerse responsable de ello y empezar a cubrir con el afecto propio y el cariño algunas necesidades.

Vamos a ver qué factores podrían hacen que no te sintieras acompañado por ti mismo de una forma adecuada:

– Los sentimientos de miedo e inseguridad: si estos sentimientos se apoderan de tus decisiones y guían tu conducta, no estás tomando las riendas de tu vida ni decidiendo tú, sino que decide una parte de ti que está asustada y los criterios de decisión se verán afectados.

Por eso es importante trabajar para reconocer el miedo y cuidar a la parte que está asustada, para poder calmarla y a la vez poder volver a ser dueño de tus decisiones y de tu vida.

– No confiar en ti: si no confías en ti y no te reconoces, efectivamente, no te estás acompañando. Por eso es necesario aprender a confiar en tus capacidades y talentos. Normalmente somos más capaces de lo que creemos para afrontar y conseguir metas, quizás lo que falta es darse la oportunidad de intentarlo y crecer en esas oportunidades.

– No valorar quién eres: a menudo construimos la valoración a través de los logros conseguidos y esto es una trampa, porque a veces se consiguen logros y otras veces no…y eso no debería significar perder valor. El valor debe construirse a través de apreciar quién eres, y no lo que haces. Así, el sentimiento de valía puede permanecer a pesar de no conseguir ciertas metas, porque quien tú eres siempre lo vas a ser, es inalterable.

– Vivir sin sentido: si no encuentras y construyes un sentido para ti y para tu vida, será más fácil ir a la deriva con un rumbo poco claro y dejándote arrastrar “por las inclemencias del tiempo”, sintiéndote víctima de las circunstancias.

Cada persona debe descubrir y construir el sentido que quiere darle a su vida y responsabilizarse de ella, con madurez. Caminar en la dirección que te importa hará que tus pasos sean más firmes y que sientas alegría por ir esa dirección.

Si trabajas en estos aspectos seguramente empezarás a ser una mejor compañía para ti.

Otras claves que te pueden ayudar en el camino de aprender a acompañarte son las siguientes:

– Atender y cuidar las heridas del pasado: si a lo largo de tu historia has sufrido heridas emocionales y aún no se han curado del todo, esa herida va a dificultar tu caminar. 

Es igual que si te haces un esguince en el tobillo y sigues caminando. No lo vas a hacer con la misma soltura y libertad que con el tobillo sano.

– Descubrir y construir quien eres tú hoy, al margen de quién fuiste en el pasado: en el proceso de crecer y construirnos como personas es importante actualizar nuestros roles al presente. A menudo nos quedamos identificados en roles del pasado, de la infancia, que a día de hoy ya no resultan operativos para afrontar el día a día. Por eso es importante que actualices y descubras tus roles del presente, tus capacidades y tus fortalezas de ahora, para ponerlas al servicio de tu vida HOY.

– Ser responsable de tu vida: vivir desde la responsabilidad es un acto de madurez hacia ti. Es necesario que elijas. Que tomes decisiones y te hagas cargo de ellas y de las consecuencias. En la vida adulta ya no es operativo vivir desde el victimismo porque no te trae resultados. Lo único que te puede acercar a lo que quieres es responsabilizarte de ello y tomar acción.

– Aprender a quererte: esta es quizás la clave que integra todas las demás. Quererse también es un proceso de aprendizaje, no sucede porque sí. Hay que trabajarlo, porque no siempre se ha aprendido a vivir con amor propio, y como con cualquier otro amor, hay que cultivarlo. 

Quererte probablemente es lo que va a hacer definitivamente que te sientas acompañado de verdad. Acompañado por tu amor. ¿Hay acaso mejor compañía que esa?

Desde luego, vale la pena descubrirlo. 😉

La pareja sana y adulta

Estar en una relación de pareja puede ser un reto… Y estar en una relación de pareja sana y adulta, mucho más todavía.

La pareja es el vínculo que quizás más moviliza a nivel emocional y afectivo, ya que mueve tanto la afectividad del presente como la del pasado, pues tiene que ver con:

-Cómo aprendí a querer y a ser querida en mi familia.

-Qué aprendí acerca de qué es el amor y cómo lo expreso.

-Cómo aprendí a quererme y valorar quién soy.

-Cómo aprendí a valorar y respetar quienes son los otros.

-Qué heridas afectivas hubo a lo largo de mi historia y cómo las he resuelto.

Todas estos son aprendizajes importantes que con mayor o menos consciencia llevamos a las relaciones de pareja. En función de cómo se gestione todo ello me comportaré de una forma u otra en la relación, qué podrá ser más sana y adulta si se ha resuelto de una forma adecuada o más infantil si no es así.

Por ello es importante poder mirar hacia dentro de forma sincera e ir contestando a estas preguntas para valorar cómo de resueltos tengo los conflictos afectivos de mi historia personal cuando empiezo una relación de pareja: cómo me relaciono afectivamente conmigo mismo y cómo me relaciono afectivamente con el otro.

¿Qué características son propias de una relación sana y adulta?

  • Compartir afecto y cuidados: que haya una afectividad adecuada ajustada a las necesidades de los dos miembros de la pareja y que sea mutua y equilibrada en el dar y recibir.
  • La responsabilidad: es importante que cada uno se haga responsable de sí mismo y no ponga sobre el otro la expectativa de que se haga cargo de su vida. La pareja puede ser un acompañamiento mutuo en la vida de ambos, sabiendo que a cada uno le toca hacerse responsable de sí mismo.

Por otra parte, conviene hacer un reparto equitativo de las responsabilidades que atañen a ambos en la vida en común como pareja.

  • La valoración de uno mismo y del otro: es necesario poderse valorar uno mismo de una forma adecuada para no depender de que sea el otro quien aporte la mirada de valor. Por supuesto que es importante sentirse valorado por la pareja, pero es necesario construir una valoración propia adecuada. Y desde ahí se podrá también valorar al otro por quién es, respetando lo común y lo diferente entre uno y otro.
  • El encuentro: encontrarse supone poder ver al otro tal y como es, como alguien diferente, sin proyectarse en él. Poderlo ver con su propia mirada y entender sus necesidades como diferentes a las mías y acompañarse también en esas diferencias.
  • La flexibilidad en los roles: jugar un poco con ser flexibles en los roles dentro de la pareja ayuda a que no se instale la rigidez a la hora de funcionar. Por ejemplo: que a veces uno sea el fuerte y otras veces el débil; o unas veces decide uno y otras veces decide otro. A mayor flexibilidad, habrá mayor capacidad de adaptación a diferentes situaciones.
  • El poder: también es necesario que el poder en la pareja esté repartido, para prevenir que un miembro domine y el otro se someta sin libertad. Si el poder está repartido habrá mayor libertad para ambos para elegir y tomar decisiones.
  • La comunicación: una buena comunicación es fundamental para entenderse. Es importante poder expresar lo que uno siente y necesita en la relación, y poderlo pedir de forma clara, sin esperar que sea el otro quien adivine lo que se necesita. De la misma manera, si hay algo que no te gusta de la relación es importante también poderlo decir y pedir que cambie, tratando de llegar a acuerdos.

Tan importante es expresar lo que me pasa a mí como escuchar lo que le pasa al otro. La comunicación es de ida y vuelta y requiere expresarse y también escuchar.

  • La intimidad: conviene que haya una sexualidad ajustada a las necesidades de los miembros de la pareja, pudiendo llegar a acuerdos y negociar sobre el manejo de la misma en caso de que las necesidades fueran diferentes para cada uno. Es importante también poderse comunicar con honestidad y claridad en este aspecto, expresando lo que se quiere y lo que no se quiere.
  • Espacios en común y espacios individuales: En la relación de pareja se comparte una vida y un proyecto en común y es importante nutrir los espacios comunes y además también los espacios individuales de cada uno: actividades de ocio, otras relaciones sociales, la familia, el trabajo, etc.
  • Es importante tener presente que si bien la pareja será uno de los vínculos más significativos en la vida, no es el único y no puede cubrir todas las necesidades que tengas. Ninguna persona puede cubrir todas nuestras necesidades. Algunas las tiene que cubrir uno mismo y otras las cubrirán otras personas.

Esto nos lleva al punto de entender en que tampoco uno mismo es el único para la vida del otro. Entender y aceptar que la pareja también tiene otras relaciones y que le cubren otras necesidades se acerca más al sentir adulto.

Necesitar ser el único y el mejor es una postura más infantil que sería necesario revisar para evitar conflictos y daños innecesarios.

Y en cambio, ¿cuáles serían algunas características propias de una relación más infantil?

  • La responsabilidad: esperar que sea mi pareja quien se haga cargo de mí, de mis necesidades, conflictos, o de las decisiones que debo tomar. Esta postura es propia de la infancia en relación a los padres y si se instala en la relación de pareja es importante poderlo trabajar para crecer.
  • La valoración: si uno no ha construido una sana valoración, es posible que espere que sea la pareja quien tenga que reforzar ese sentimiento de valía. Y desde ahí se queda en un lugar de vulnerabilidad porque si esa mirada de valor no llega, o algún día se va, el sentimiento de valía se queda sin soporte dejando a la persona en un desamparo afectivo que crea sufrimiento.
  • La proyección: sería lo contrario al “encuentro” mencionado antes. Es decir, significa no ver al otro como es, sino como alguien en quien proyectar lo que yo soy. Así no se diferencia entre “el yo- el otro” y es más difícil que haya un entendimiento de sus necesidades y posturas. Y por tanto será más difícil compartir un amor sano.
  • La rigidez en los roles: si los roles son muy rígidos se pierde espontaneidad en la relación y también capacidad de adaptación.
  • El desequilibrio de poder y asimetría: en la medida en que uno de los miembros tenga más poder en la relación que el otro, la persona con menor poder pierde libertad y capacidad para elegir dentro de la relación. Esto favorece que se creen dinámicas de dependencia que pueden provocar dolor y sufrimiento.
  • Las dificultades en la comunicación: la comunicación es fundamental para el encuentro y si hay problemas en este aspecto habrá conflictos habituales en la relación y dificultad para ponerse en el lugar del otro.

Algunos ingredientes para una comunicación disfuncional son: la confusión, la  incoherencia, la agresividad, la ambivalencia, los reproches, no saber pedir, dar por hecho cosas, no preguntar, no escuchar, la represión de pensamientos y sentimientos, el miedo.

En algunas ocasiones, de forma inconsciente, se espera o necesita que la relación de pareja resuelva y cubra las heridas afectivas del pasado: que la pareja haga del padre/madre que se hubiera necesitado tener y aporte el afecto o cuidado que se necesitó y que quizás se sigue necesitando.

Esto sería otra postura infantil de cara a la relación, que deja a esas necesidades en un lugar vulnerable, ya que no corresponde que sea el otro quien se ocupe de ellas.

En este caso, la alternativa adulta será siempre que el adulto que eres hoy, pueda ocuparse del niño que fuiste ayer y darle lo que necesita.Y una vez hecho eso, poder estar en la relación de pareja desde tus necesidades adultas.

Las necesidades adultas sí se pueden poner y compartir en la relación desde un lugar sano. Al fin y al cabo somos seres sociales y además interdependientes los unos de los otros. Necesitamos de los demás para cubrir nuestras necesidades y no podemos hacerlo todo solos.

Pero de las necesidades infantiles, es necesario que te ocupes tú. De alguna manera, se trata de poder convertirte en “el papá o la mamá “de ti mismo, cuidando de esa parte pequeña de ti que necesita cariño y protección. Y tú hoy seguro que se lo puedes dar. 

A veces para recorrer este camino es necesario tener apoyo terapéutico que aporte contención emocional y guía al proceso. Aprender a depender de otro de una forma adecuada también ayuda a crecer y a convertirse en un adulto maduro.

Pedir perdón y perdonar: Jugando a ponerse en el lugar del otro

Cuando alguien nos ofende o nos hace daño esperamos que repare ese daño con una disculpa sincera. En ocasiones es más sencillo darse cuenta de esto cuando estamos en el rol del ofendido y es más difícil cuando estamos en el rol del ofensor, ya que requiere de algunas cualidades, como:

  • La humildad.
  • El reconocimiento del acto ofensivo.
  • Empatizar con el otro.
  • La voluntad de no volver a dañar.

Estas cualidades suponen  poder mirar hacia adentro y reconocer el error y al mismo tiempo poder mirar hacia fuera, a la otra persona y reconocerla a ella y a sus sentimientos.

El acto del perdón atañe a las dos partes, tanto al ofendido como al ofensor. El Catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid, José Luis Villacañas explica que “perdonar es una promesa de olvido a cambio de una promesa de no reincidencia”. 

De esta manera, ambas partes deben involucrarse y comprometerse con la reparación del daño sucedido en la relación. 

Si la persona que ha hecho el daño se responsabiliza de lo que ha hecho y lo asume, ya no queda lugar para la culpa. A menudo es común sentirse culpable, que es diferente a la responsabilidad y es menos útil y funcional para hacerse cargo del propio comportamiento. 

Desde la responsabilidad se puede cambiar algo. Desde la culpa el cambio es más difícil, ya que este sentimiento acerca a la persona que ofende a una postura de víctima.

Si, de otra manera, se pide perdón, pero la persona que ha ofendido lo hace para limpiar su conciencia, sin una mayor intención de sanar el daño ocasionado, esto no sirve de nada en la relación. Sigue mirándose a sí misma en lugar de mirar y reconocer a la persona a la que ha ofendido, y por tanto, el daño sigue presente.

Por tanto, para que se de el acto del perdón, es fundamental que la persona que ha ofendido pueda ponerse de forma sincera en el lugar del otro, comprender cómo le ha hecho sentir, disculparse y tratar de no volver a hacer lo mismo en el futuro.

Y la persona ofendida tiene que estar dispuesta a aceptar lo que el ofensor le ofrece para reparar el daño.

Las relaciones entre las personas son más sanas a medida que se mejora en la capacidad de ponerse en el lugar del otro.

Si esta capacidad no está muy desarrollada, entonces la persona no se relaciona con el otro, sino que se relaciona consigo misma a través del otro. Y así no ve ni interactúa con los demás, solo consigo misma a través de los demás.

Esta forma de relacionarse correspondería a etapas más infantiles del desarrollo humano, pero que pueden estar vigentes en las relaciones entre adultos.

Si, en cambio, sí se ha desarrollado la capacidad de ponerse en el lugar del otro, se pueden considerar las necesidades, deseos y sentimientos de la otra persona como diferentes a los propios y se pueden atender y respetar. Esto alimenta y protege la relación entre ambas partes y corresponde a una etapa más madura del desarrollo relacional. 

Desde esta capacidad es más sencillo tanto perdonar como pedir perdón.

Eva Lorenzo