Lo que la gripe me ha enseñado: de la omnipotencia, a la impotencia y la aceptación.

He estado diez días con gripe, sin poder hacer mucho más que estar tumbada en la cama descansando para recuperarme. Afortunadamente no ha sido nada grave, pero lo suficientemente limitante como para no poder hacer “mis grandes planes de vida normal”.

No me gusta estar enferma, supongo que como a nadie. A parte de los inconvenientes que tiene para mi salud, también porque si no trabajo, no gano dinero.

Y mi cuenta corriente se enfada.  Y yo también.

Así que en este proceso de gripe me he descubierto a mí misma tratando de negociar con la vida y con mi virus sobre cuánto tiempo iba a estar enferma antes de poder retomar mi vida cotidiana.

Como si la vida o mi virus estuvieran dispuestos a negociar conmigo…

Al principio la gripe se presentó como un catarro que me permitía seguir haciendo mi rutina, pero unos días después me tumbó y me dijo: 

– Aquí te quedas quieta sin poder hacer nada.

Y empecé a intentar negociar:

– Bueno vale, estoy un par de días descansando y luego vuelvo a mi rutina…

Pero un par de días, se convirtieron en tres y en cuatro y en cinco…y así estuve diez días enferma.

No sin antes pelearme internamente con la situación: “¿cómo voy a estar toda la semana sin trabajar?”.

Pero no me quedó otro remedio, así que llamé a mis pacientes por teléfono para ir cancelando día a día las sesiones del día siguiente que no iba a poder atender. Su respuesta fue muy amable, todos me transmitieron más o menos este mensaje: “Cuídate mucho y recupérate, que eso es lo más importante”.

Acabé por aceptarlo, me dije a mí misma: “Ok, voy a estar una semana con gripe y la semana que viene vuelvo al trabajo, no pasa nada”.

Pero llegó el domingo (octavo día en la cama) y aún seguía muy débil, lo cual me indicaba que al día siguiente tampoco iba a poder trabajar.

Y me volví a enfadar. Y me preguntaba: “¿hasta cuándo voy a estar así? ¿Cuándo va a desaparecer este virus interminable?”

Cuanto más me resistía a aceptar la situación peor me sentía. Cuando aceptaba que estaba enferma y que me tocaba descansar desaparecía el malestar emocional.

Pero a veces me costaba pasar de la resistencia a la aceptación.

Observé cómo me enfadaba con la situación y conmigo misma por estar así. Como si yo tuviera la culpa.

Y en un momento de lucidez pensé: “Vamos a ver, yo no he elegido estar con gripe, me ha tocado y aquí estoy. Mi voluntad no puede hacer nada para cambiarlo. Yo no voy a elegir cuándo recuperarme, de eso se va a encargar mi sistema inmunológico, así que acéptalo de una vez y cuídate “.

Y entonces observé mi fantasía de querer controlar y decidir sobre algo que era incontrolable para mí.

Empecé a pensar en otras situaciones anteriores a lo largo de mi vida en las que ha pasado algo que yo no podía controlar o elegir y sin embargo he estado condicionada por ello… Y lo cierto es que efectivamente, eso me hacía sentir impotencia y no me gustaba.

Y la forma de protegerme de ello ha sido crear una fantasía de omnipotencia, de creer que en el fondo yo podía intervenir o hacer algo para cambiarlo.

Pero en realidad no era así. Porque la vida sucede al margen de nuestros deseos y nuestro control.

Y aunque parezca mentira, lo mejor que podemos hacer es aceptarlo.

La omnipotencia es un mecanismo de defensa que protege de la impotencia, pero a la vez genera otros tipos de malestar, como la frustración al comprobar que en realidad algo no depende de lo que tú hagas, o la culpa de no haberlo conseguido. Por eso hay que tener cuidado con no hacerse daño de esta forma.

Buda manifestó en alguna ocasión que lo que provocaba sufrimiento no era el dolor, sino la resistencia al dolor.

Es decir, que el dolor duele menos si se acepta tal y como viene. Si te resistes a él se convierte en sufrimiento. La resistencia no va a hacer que desaparezca, sino todo lo contrario.

Igual que con mi gripe. Era solo una gripe si la aceptaba… Si no era una gripe con un montón de enfado.

Así que a lo largo de este proceso gripal he transitado varios estados…la omnipotencia de creer que podría negociar con mi virus, la impotencia de ver que eso no era así y la aceptación de que iba a durar lo que fuera necesario…

Y entonces…recuperé mi salud y “mis grandes planes de vida normal”.

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